Trump, aranceles y tecnología: ¿Cómo afecta la política a la IA?

¿Pueden los aranceles frenar el avance de la IA? Descubre cómo la política internacional impacta en la innovación tecnológica.

Los aranceles son impuestos. Son malos para los negocios y peores para los consumidores”, decía Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, en una de las muchas respuestas de la Unión Europea (UE) a las políticas comerciales de Donald Trump. Y aunque la frase parece pensada para el sector del acero o la agricultura, se ha convertido en un diagnóstico preciso para otra víctima de su estrategia: la tecnología.

Liderar en 2025 no significa solo tomar decisiones: implica entender cómo la tecnología transforma los modelos de negocio y saber anticiparse a lo que viene. Actualmente, el impacto de la innovación va más allá del departamento de IT, y es por eso, que cada vez más perfiles ejecutivos apuestan por formarse en estrategia y nuevas tecnologías. Es precisamente ese perfil el que busca formar nuestro Máster en Digital Business, alineando conocimientos tecnológicos y mirada estratégica para navegar con criterio en tiempos de incertidumbre global.

Banner Máster en Digital Business

Con la vuelta de Trump al centro del tablero político, su política arancelaria vuelve a amenazar con un efecto dominó que ya no se limita a productos tradicionales. Esta vez, los chips —el corazón de la inteligencia artificial y de casi toda innovación tecnológica— están en el centro de una tormenta comercial con impacto global.

Aranceles como estrategia, no como herramienta puntual

Desde el comienzo de su mandato, Trump ha utilizado los aranceles no como medida puntual para corregir desequilibrios comerciales, sino como un arma de presión multifunción. Seguridad nacional, lucha contra el narcotráfico, estímulo a la producción interna o venganza por normas europeas: todo cabe en el paraguas justificativo del proteccionismo.

La imprevisibilidad no es un accidente, sino una estrategia deliberada. “Suena bien hablar de previsibilidad, pero no la necesitamos”, decía Trump en Fox News. El resultado ha sido una economía tensionada: caída de la inversión empresarial, confianza del consumidor a la baja y una Reserva Federal congelada, esperando a ver por dónde vienen los tiros. Fitch ya ha advertido: subirán los precios, bajarán los salarios reales y los costes empresariales se dispararán.

Desde el sector privado, algunas voces como Jensen Huang, CEO de NVIDIA, intentan calmar el pánico. Según ha afirmado recientemente, los aranceles “no tendrán un impacto significativo” en su negocio a corto plazo. La compañía ya ha invertido 150.000 millones de dólares en infraestructura previa y ha empezado a colaborar con fabricantes como TSMC, Foxconn o Wistron para trasladar parte de la producción a EE. UU. Sin embargo, Huang reconoce que China sigue siendo un socio clave y que el 17% del negocio de NVIDIA aún depende de ese mercado. Esta ambivalencia refleja que, aunque las grandes tecnológicas buscan adaptarse al nuevo mapa comercial, la transición será lenta, compleja y llena de contradicciones.

Chips e IA: cuando el blanco son los componentes

A finales de febrero Trump anunciaba nuevos aranceles del 25% (o más) a los semiconductores importados por EE.UU., lo que marca un punto de inflexión. No se trata de productos de consumo directo, pero están en todos los dispositivos que usamos: desde un coche eléctrico hasta una bombilla LED.

En 2024, EE. UU. importó 139.000 millones de dólares en chips y componentes electrónicos. De ese total, el 27 % vino de Taiwán, que además concentra el 90% de la producción mundial de chips avanzados. Ponerles un impuesto no es una medida coyuntural: es una reconfiguración estructural de la política tecnológica estadounidense.

Y como los chips son la base de todo —IA incluida—, esta decisión actúa como un freno directo sobre la innovación. Cualquier ordenador, servidor o centro de datos que quiera entrenar modelos de IA necesita chips potentes, y muchos de ellos siguen fabricándose fuera de EE. UU.

¿Fabricar en casa? No tan fácil

La Ley CHIPS, firmada en 2022, destina 53.000 millones de dólares a fomentar la producción nacional de semiconductores. El objetivo es triplicar la capacidad estadounidense para 2032. Pero entre el plan y la realidad hay una brecha estructural: construir una fábrica de chips lleva entre 2 y 3 años y fabricar en EE. UU. cuesta más que en Asia.

Además, el ensamblaje sigue siendo un cuello de botella. Muchos chips producidos en suelo estadounidense viajan después a China, Taiwán o México para ser integrados en productos finales. Y estos productos ensamblados también pueden ser gravados por la política de aranceles recíprocos. El resultado es un bucle que, en lugar de fortalecer la soberanía tecnológica, encarece el proceso y retrasa su impacto.

La IA como daño colateral

Mientras Trump apuesta por proteger la producción interna, Biden cerró su mandato con una orden ejecutiva que limita la exportación de chips y software de IA a más de 120 países. El objetivo es claro: evitar que tecnologías sensibles caigan en manos de adversarios estratégicos.

Sin embargo, la vuelta de Trump al poder ha desmantelado parte de esa estructura. Una de sus primeras decisiones fue eliminar el US AI Safety Institute, que buscaba establecer controles sobre el desarrollo de IA. No hay por ahora planes de sustituirlo, lo que alimenta la sospecha de que la IA será tratada más como un motor económico que como un área crítica con necesidad de regulación.

El sector privado ya se mueve. OpenAI, Oracle y Softbank han anunciado el consorcio Stargate, que promete crear infraestructuras propias para el desarrollo de IA. Es una jugada simbólica, pero refleja la urgencia del sector ante la falta de una hoja de ruta clara.

Europa, atrapada entre normas

La otra gran pieza del tablero es Europa, que avanza en sentido contrario. Con la Ley de Mercados Digitales (DMA), la UE quiere limitar el poder de gigantes como Apple, Google o Meta. Trump ha respondido con dureza, calificando estas medidas como “extorsión en el extranjero” y anunciando represalias arancelarias.

El cruce no es menor. La Comisión Europea tiene previsto sancionar a Apple por su sistema antiderivación en la App Store, y la lista sigue: Meta por su modelo “pagar o consentir” y Google por sus buscadores verticales. Las decisiones regulatorias se solapan con el calendario político, añadiendo más leña al fuego de la tensión transatlántica.

Las represalias ya están en marcha: la UE ha impuesto aranceles a productos icónicos estadounidenses por valor de 26.000 millones de euros. Harley-Davidson, bourbon, vaqueros Levi’s… todo entra en el paquete. Y todo podría escalar si la guerra arancelaria se cruza con la tecnológica.

¿Y la IA europea?

La Unión Europea ha anunciado una inversión de 200.000 millones de euros en inteligencia artificial con el objetivo de crear un ecosistema competitivo y propio. Aunque se ha comparado con el CERN, lo cierto es que la IA no se desarrolla en un entorno controlado de ciencia básica, sino en un mercado global hiperacelerado donde la velocidad, el acceso al hardware y las alianzas pesan tanto como la regulación.

El discurso europeo sobre “soberanía tecnológica” sigue siendo ambiguo. La Comisión prioriza áreas como IA, biotecnología o tecnologías limpias sin aclarar qué enfoques desea impulsar ni con qué valores. Como señalaba William Burns, esta indefinición recuerda a estrategias anteriores como ESPRIT, o a la agenda de Édith Cresson, que ya intentó situar la tecnología al servicio de objetivos sociales más amplios, con resultados limitados y escasa continuidad.

Hoy el riesgo es invertir miles de millones en replicar el modelo de Silicon Valley bajo un marco europeo, sin cuestionar a quién beneficia realmente esa tecnología. Si no se incorporan criterios sociales, democráticos y ambientales, la UE puede quedarse con una copia costosa de un modelo que buscaba superar. Definir qué tecnologías se impulsan, y con qué propósito político, es tan importante como el volumen de la inversión.

Taiwán: el comodín estratégico

Taiwán se ha convertido en una pieza central en el tablero tecnológico global gracias a su dominio en la producción de chips avanzados. Frente a la amenaza de aranceles de EE. UU., TSMC ha optado por invertir en territorio estadounidense, y Broadcom podría sumarse en operaciones vinculadas a Intel. Esta estrategia busca asegurar acceso al mercado y reforzar su rol como socio indispensable.

Pero más allá de proteger su industria, Taiwán está ejerciendo diplomacia activa. El presidente Lai Ching-te ha impulsado una política de inversión internacional que le permite anticiparse a posibles sanciones y ganar influencia sin entrar en confrontación. Una acción de realismo estratégico que Europa no ha interiorizado por completo.

La UE sigue apostando por una autonomía digital con una lógica más introspectiva y normativa, sin una estrategia geopolítica clara frente a las grandes potencias tecnológicas. En un contexto de alianzas cambiantes y cadenas de suministro globalizadas, la soberanía no se ejerce en solitario: se negocia. Y para eso, Europa necesita desarrollar capacidad de interlocución y anticipación, no solo inversión interna.

Ganadores, perdedores y daños colaterales

Los aranceles crean un nuevo mapa: habrá países “ganadores”, con exenciones parciales o acuerdos bilaterales, y otros que quedarán fuera del juego. Esta lógica binaria puede distorsionar decisiones de inversión, fragmentar la cadena de suministro y acelerar procesos de deslocalización inversa que, a corto plazo, son más costosos que eficientes.

Y no hay que olvidar a los consumidores. Si los chips se encarecen, suben los precios de smartphones, routers, coches y electrodomésticos. La IA generativa, que necesita GPUs potentes, también se vuelve más cara. Es una cascada de impactos que afecta incluso a quienes no saben qué es un chip de 5 nanómetros.

El riesgo es claro. Una política basada en aranceles permanentes y sin coordinación internacional puede frenar la innovación, encarecer los productos y debilitar la posición global de EE. UU. en sectores clave como la IA. A largo plazo, el coste de “proteger” la industria podría superar con creces sus beneficios. Mientras tanto, la economía mundial espera a ver qué decide hacer Washington.

5'
Mioti logo
Seleccione país